I

Me bajo de la cama, el suelo queda más lejos que de costumbre. En la cabeza algo se mueve, no se si son las palabras de anoche o el sueño tórrido que me alejó unas cuantas dimensiones. Como susurrando maldiciones a mi oído oigo los golpes del albañil que se obstina en seguir demoliendo algo, una pared, el techo, mi letargo... Pienso en las distancias. En lo que le falta aún por recorrer a mi pie hasta llegar al piso. En lo que me aleja de tu tiempo. En lo que falta para alcanzar ciertas cosas que se tornan utopías... Siento las serpientes de mi cabeza rechinar sus dientes. Siguen nerviosas. Qué raro es verte tumbado inerte sobre la cama,  que rara tu distancia, que raro tu silencio entre tanto martilleo. Echémosle la culpa a la Medusa. Siempre es culpa de su agrio carácter y su corta paciencia. Culpemos a las Medusas que es mas fácil que pensar que es la reacción y no la acción.  Por suerte, antes de amargarme la mañana, un soplo de viento entra y tu cuerpo de sílice se vuela por el aire. Es un principio.  A por el café, antes de ir a saludar al vecino del martillo, con la cabeza llena de sibilantes argumentos.

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